París o el Despertar

Nicolas Bouvier escribió en una ocasión: “Un viaje no necesita motivos. No tarda en demostrar que se basta a sí mismo. Uno cree que va a hacer un viaje, pero enseguida es el viaje el que lo hace a él. O lo deshace.” (“El uso del mundo”, 1963). Todos tenemos un viaje que marcó nuestras vidas. Yo tenía dieciocho años cuando me instalé en París para estudiar Literatura. Es curioso pensar de qué forma un viaje -más que soñado, casi obligado- puede resultar decisivo en una vida, cambiando todo nuestro mundo interior hasta entonces.

Como una “hormiguita en el hormiguero de París”, al principio no acaba de encontrar mi lugar en medio de todo el caos de esa fascinante ciudad, hasta que un día la extrañeza dio paso a una vida de curiosidad y de energía sin límites, a una vida de entusiasmos innombrables. Recuerdo el momento de ese despertar como si fuese ayer; la forma en la que atravesó mi piel hasta infundirme algo que no ha dejado de acompañarme desde entonces: esa sed de conocer, esa sed de aprender, que no consigo -ni quiero- colmar; esa abrumadora sensación de que queda tantísimo por ver y descubrir; como si París me hubiese traspasado y me prestase sus colores para ir más allá. Desde aquel momento, mi vida cambió para siempre.

Los viajeros que son escritores nos hacen un doble regalo: el del viaje y el de la literatura. Y es que la relación que uno mantiene con el viaje está vinculada a todo aquello que constituye lo más profundo de su ser, de su arte, y a su manera de sentir y existir. Para mi, el viajar, al igual que el escribir, es un camino al encuentro de uno mismo, y del otro. Si nos invitan a una maravillosa soledad donde nos encontramos cara a cara con nosotros mismos, nos reúnen también con la belleza del mundo. De este modo, nos hacen percibir con agudeza los seres y las cosas que nos encontramos, abriéndonos, en definitiva, a otra dimensión de nosotros mismos. No se trata únicamente de aprender, sino de desaprender los límites de nuestro mundo, y de nuestra mente. Sí, la escritura es un viaje al corazón de uno mismo, un encuentro con el infinito.

Llegar a ser un escritor viajero, y un viajero escritor: esa es mi mayor aspiración, y mi inspiración cada día. Y es que, en ocasiones, no existe mejor viaje que unas pocas líneas. Entre las páginas más importantes de mi vida y de mis viajes, hay una que descubrí aquella tarde, y que siempre me acompaña allá donde vaya, trasladándome a un lugar mejor. Y dice así:

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.”

(“Los justos”, in “La cifra” J.L. Borges, 1981)

Ser viajero, ser escritor. ¿Puede haber una existencia más privilegiada que esa?

Estefanía Asensio

Nenúfares, Monet

 

Foto: Estefanía Asensio

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