La sombra de Christiania

Ambiente grunge, decoración desfasada, edificios desmantelados. A medida que me adentro en Christiania, el barrio libre en pleno Copenhague, tengo la sensación de estar retrocediendo varias décadas, como si el gran arco de bienvenida me transportase atrás en el tiempo.

Y no es de extrañar teniendo en cuenta su historia. Fundada en 1971 por un grupo de hippies que ocuparon una base militar abandonada, esta utópica comuna se organizó a lo largo de los años instaurando un régimen de vida, aunque no ideal, alternativo. Autoproclamada libre, posee su propio himno “I kan ikke slä os ihjel” (“No podéis matarnos.”), su bandera (tres puntos amarillos sobre un fondo rojo representando las tres íes de su nombre), así como su moneda (denominada “løn”). Los “christianianos” no se acogen a las leyes del reino danés, de la Unión Europea o de cualquier otra legislación internacional, al contrario, no reconocen la propiedad privada. Sin embargo, su independencia de la sociedad moderna danesa no fue jamás aprobada del todo, y ahora, tras cuarenta años de existencia, se encuentra más amenazada que nunca por los diversos proyectos de rehabilitación y legalización de este céntrico barrio, muy goloso de engullir para muchos constructores.

Lo primero que pienso al entrar es que no soy bienvenida. Los turistas pegados a una cámara no acaban de encajar en un lugar como este. Mis ojos curiosos tropiezan con sus miradas, y mi presencia, una de tantas, parece interrumpir de nuevo la normalidad de su día a día. ¿Acaso un turista tiene razón de ser en un lugar que no quiere sino mostrar al mundo capitalista que existen otras maneras de vivir? Poco queda sin embargo del espíritu revolucionario de antaño, en el que los ideales y las convicciones aún no se habían vendido a cambio de postales y pulseras para los turistas. Creo que lo peor de todo es que ellos mismos también se han dado cuenta, y se debaten entre la duda de echarnos a todos, o seguir tolerando nuestra presencia. Intento ignorar esta extraña sensación de rechazo y continúo recorriendo sus calles, pero únicamente observo bares y más visitantes. Voy en busca de algún rincón que siga conservando el brillo del pasado, pero lo único que me encuentro son algunos “veteranos” que aún permanecen ahí, para recordarme ligeramente esa época ya acabada. Cada rostro que me cruzo desencaja más, y tan sólo veo en ellos la sombra del ayer. Me doy cuenta de que el turismo de masas ha acabado despedazando la poca esencia que perduraba de la que un día fue envidiada por ser un ideal de modo de vida, y que ya es algo muy alejado de la realidad actual. Apenas pervive nada de un lugar convertido en un reclamo comercial y turístico más que en la nación de una utopía. Aún así, a medida que voy avanzando en el camino, imagino la sencillez de una ciudad aparte de todo y de todos, cuya máxima fue un día “Vive y deja vivir”, preguntándome cómo debió ser pertenecer a la verdadera Christiania de hace cuatro décadas. Más allá de los edificios en ruinas, y de las calles mal cuidadas, me sorprenden unas tímidas florecitas a lo largo del asfalto que parecen haber sobrevivido, recordándome al aroma de una libertad ya lejana, supeditada hoy a un puñado de intrusos curiosos.

La visita me está dejando el sabor agridulce de encontrarme en un lugar revolucionario que no ha sabido envejecer, en un lugar que no es más que la historia de una muerte anunciada. Me doy cuenta de que ya es suficiente, y decido marcharme, pues no quiero agujerear más aún –si cabe- la realidad del funcionamiento de este lugar. De camino a la salida principal, en la que leo la pancarta “You’re now entering the EU”, me cruzo con una multitud de turistas que acaba de llegar, tan extrañada como divertida, y es entonces cuando advierto que no queda gran cosa por ver, y que lo que realmente mueve a la mayoría de las personas que nos acercamos a este sitio no es sino puro voyerismo. Paso bajo el gran arco de madera, alejándome ya de la última trinchera de anarquismo en Europa, mientras me pregunto: “¿Por cuánto tiempo más?”

Estefanía Asensio

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