Sanssouci, el palacio olvidado de Voltaire

Aún no sé cómo he llegado hasta aquí. Nunca pensé encontrarme en uno de esos autobuses que arrastran a los turistas de un lado al otro, dándole simples pinceladas de datos a los que luego llaman “Historia de un país”. Aquí estoy, apunto de conocer Potsdam de la manera más torpe y cómica del mundo: en un excéntrico y viejo bus amarillo, con unos cascos usados y rotos en la cabeza, rodeada de rusos y de dos italianos socarrones que no paran de burlarse el uno del otro por ser tan tontos de haber caído también en la trampa. Sí, lo cierto es que me lo voy a pasar bien. Mi hermana está sentada a mi lado, con una expresión más que divertida en su rostro, y me hace gracia volver a ver los ojos de una niña en ella. Me río por dentro pensando en la situación tan surrealista que estoy viviendo, y entonces, empieza la “excursión”.

Una mujer con la voz de los viejos cuentos de Disney emprende la clase, explicándonos que lo primero que se brinda a nosotros es el puente Glienicke, puente de los espías, frontera entre americanos y soviéticos, capitalismo y comunismo, testigo de algunos de los más importantes intercambios de agentes secretos durante la Guerra Fría. ¡Cuántas vidas se canjearon sobre el asfalto de este lugar! El autobús pasa por debajo de sus brazos metálicos, y cuando miro hacia arriba, me doy cuenta de que cada mitad del puente está pintada de un verde distinto, “para diferenciar cada sector” me indica la voz, y me da la sensación de haber recorrido dos mundos en un solo instante.

Nos aproximamos al primer palacio, el de Cecilienhof. El autobús se para, y nos dejan salir un rato a jugar. Nos explican que en este lugar se reunieron Churchill, Truman y Stalin para planificar el mapa de la nueva Europa y el futuro de la vencida Alemania. Sin creerlo, estoy en ese lugar clave de la historia de la humanidad, y no puedo evitar pensar en mi Padre, y en sus habituales lecciones los domingos por la tarde, y siento casi la imperiosa necesidad de hacerle saber que estoy aquí, en este rincón del mundo del que tanto me habló y que a él  tanto le gustaría conocer. Me acerco a ese famoso salón donde aconteció todo, deseosa de poder contemplar con mis ojos el decorado de un suceso como aquél, pero las visitas no están permitidas al público, así que tengo que conformarme con una vieja puerta de madera, y unos holgados sillones de cuero que se divisan a través de las cortinas blancas.

Llega el momento de conocer Sanssouci. El nombre es de por si tan evocador y atrayente que he de reconocer que llevo esperándolo toda la mañana, y cuando por fin pisamos tierra, me invade una sensación de déjà-vu que no logro discernir. Ante mí veo un sinfín de jardines escalonados coronados por un pequeño pero impresionante palacio versallesco. Según nos cuentan, fue la residencia de verano de Federico II de Prusia, un remanso de paz al que acudía en busca de tranquilidad y reposo. Cierro los ojos, respiro hondo, e intento imaginarme en este mismo lugar hace dos siglos, paseando tranquilamente por sus jardines y sus fuentes, sin ningún otro cometido que el del silencio. Y es que el llegar a Sanssouci me provoca la sensación de haber alcanzado la serenidad. ¿Podría ser de otra forma en un lugar llamado “sin preocupaciones”? Sin embargo, nos dicen, también fue el escenario de multitud de charlas con las personalidades más influyentes de la época y de Europa, a las que el rey solía invitar habitualmente.

Y, entonces, me acuerdo de todo. Sí.

Conocí este lugar en un libro. Este famoso lugar al que también solía acudir el personaje fundamental de mi mundo cuando la censura francesa acababa por asfixiarle demasiado: Voltaire. De repente viajo de vuelta a París, al momento en el que me hallé enfrente de su tumba, en el Panteón, mientras una sensación de infinitud recorría mis entrañas por tener delante al hombre que contribuyó a cambiar la historia de una nación, y del mundo. Y entonces, me doy cuenta de lo maravilloso que es este lugar por brindarme más pedacitos de él.

Empezamos la visita del interior, y más allá de las sensacionales lámparas de cristal, y los cuadros renacentistas de Rubens o Caravaggio, lo único en lo que pueden fijarse mis ojos es en este espléndido suelo de mármol, y en mis estúpidos pies, que parecen querer repasar por si solos las huellas de los pasos que un día dejó aquí Voltaire. No he pagado el importe para que me autoricen a hacer fotos, pero no concibo que eso me quite el derecho a ello; el derecho a llevarme un trocito de este lugar para siempre. Así que saco mi cámara y fotografío lo más bonito de este lugar: este maravilloso techo serpenteado por ramas de oro, único testigo de las palabras de Voltaire. Me pregunto de qué hablaría con Federico II, y daría cualquier cosa por saberlo, por tener la oportunidad de conversar con él, un único instante, por muy efímero que fuera.

El tiempo pasa sin que pueda darme cuenta, y no me apetece despegarme de este lugar. Necesito empaparme más de este sitio, de esta historia, de este momento; respirar este olor a pasado y hacerlo presente, aquí, y ahora; hacer mío este instante tan casual como eterno. Y es que, en ocasiones, puedes pasarte años soñando con conocer un lugar, imaginándolo, ansiándolo, y, en otras, ese mismo lugar sencillamente viene a ti. Quizás porque ese siempre fue su destino; quizás porque, aunque ni tú mismo lo supieras, siempre te perteneció.

Estefanía Asensio

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Para más información: www.palaciosanssouci.com

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