Teatro-museo Dalí: el delirio de un genio provocador

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Fotos y vídeo: Estefanía Asensio

La modestia no es mi especialidad”, dice Dalí en una entrevista concedida en París en 1964, “soy el mejor dibujante de mi época”, afirma mientras arrastra una a una las palabras. El mejor o no, guste o no guste, que Dalí no deja indiferente a nadie es indiscutible, al igual que el museo-teatro ubicado en Figueres que lleva su nombre.

De las más de 4000 obras que el artista creó a lo largo de su vida, 1500 están concentradas en un museo que es en sí mismo el objeto surrealista más grande del mundo. Aunque, ¿realmente podemos hablar de museo cuando nombramos a este inverosímil edificio construido sobre los vestigios de un antiguo teatro? Creada por el mismo artista en el año 1974, esta construcción es ya de por sí una obra de arte por derecho propio. Sin embargo, la quintaesencia del espíritu creador de Dalí se encuentra tras los irregulares muros de este teatro-museo; denominación que se ajusta perfectamente pues la obra de este genio megalómano se halla aquí puesta en escena de forma magistral.

El visitante que por primera vez empuja las puertas de este lugar casi mágico enseguida se da cuenta de que está entrando en otro universo. Y es que uno no visita el museo Dalí, sino que se pasea dentro de un mundo paralelo en el que la imagen del surrealismo se esconde en todos los rincones, en el que lo imprevisto se encuentra en todas partes. Instalado a lo largo de un edificio circular, todo el enclave gira en torno al patio central y su famosa cúpula de cristal. Sin embargo, la propia distribución de este teatro-museo es la negación del orden, por lo que uno acaba entendiendo por qué no hay visitas guiadas, ni audioguías o carteles, ¿Cómo podría explicarse un arte que guarda tantas posibles lecturas en sí mismo? Al fin y al cabo, que uno se sienta tan desorientado frente a todas estas obras sería sin duda el objetivo –y regocijo- de Dalí.

Muchos de los trabajos más conocidos del artista tienen cabida en este lugar, como el famoso sofá de Mae West, archiconocido por su forma de labios, o la espectacular obra “Galatea de las esferas”, resultado de su etapa nuclear. A medida que avanza la visita por esta especie de laberinto caótico, el mundo interior de nuestras concepciones acaba desestabilizado por completo. Tampoco es posible descansar la mirada en un lugar en el que, en cualquier rincón, aparece una Venus de Milo que se desmonta en cajones, donde los techos parodian a la Capilla Sixtina, o donde Velázquez aparece con meninas pintadas en la frente. Y, cuando uno cree que ya lo ha visto todo, levanta la mirada y se topa con una bañera perfectamente pegada en el techo, justo encima suyo, como quien coloca allí una bonita lámpara de cristal. Es un auténtico mundo sinsentido que, sin embargo, parece unirse a través de una misma figura: Gala, principal leitmotiv del legado del artista.

Pero la visita no acaba aquí, porque irse sin llegar a conocer la exposición permanente de joyas creadas por el artista sería perderse parte imprescindible de su obra: el corazón viviente de Dalí, una joya con vida propia – literalmente- que hace que uno se olvide por un instante de todo lo que ha visto hasta el momento en el museo. Esta y otras treinta y ocho piezas, junto con los bocetos de las mismas, son el resultado de un espíritu siempre en busca de novedad; ejemplares únicos (¿Cabe decirlo?) hechos de piedras preciosas que se entremezclan para formar motivos vegetales o humanos falsamente figurativos.

Una vez fuera, aunque uno llegue a preguntarse por un momento qué impacto podría causar una segunda visita tras haberse asombrado ya con la marabunta de obras surrealistas que decoran este museo, los detalles parecen ser la respuesta, pues en cada pieza puede encontrarse un mundo nuevo en el que no se había reparado antes. Una sola visita no alcanza para ser capaz de apreciar la inmensidad de detalles que el excéntrico Dalí plasmó en una obra que abarca varias décadas de su vida; una obra inimitable que constituye en sí misma el mayor exponente del delirio de este genio provocador. Dalí sorprende. Dalí perturba. Dalí, sobre todo, siembra la duda. Y, al fin y al cabo, ¿Hay algo más gratificante que poner a prueba nuestras férreas convicciones?

Estefanía Asensio

Para más información: www.salvador-dali.org

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