El pecado de Fouquet

Tres fueron los pueblos arrasados para la construcción del magnífico castillo de Vaux-le-Vicomte; cinco los años dedicados; dieciocho mil los obreros empleados. En 1656, Nicolás Fouquet, ministro de finanzas de Louis XIV -con un capital de una proveniencia más que sospechosa- mandó erigir su residencia en la localidad de Maincy, al sureste de París, haciendo uso de los más grandes artistas de la época: el arquitecto Louis Le Vau, el decorador Charles Le Brun y el paisajista André Le Nôtre. Unos años después, todo estuvo listo para la suntuosa fiesta de inauguración a la que asistieron Luís XIV y la corte. La recepción fue magnífica: ochenta mesas, más de seiscientos platos y una suntuosa mesa con cubertería de oro para el rey. Los espectáculos animaron una velada con conciertos de música del gran Lulli y una obra de teatro de Molière, que culminó con un majestuoso espectáculo de fuegos artificiales reflejados en los mil doscientos chorros de agua de sus fuentes.

Al día siguiente, Fouquet fue arrestado. Jamás volvió a ver la luz del sol.

¿Cómo podía Luís XIV permitir un espectáculo tan fastuoso como aquel sin que se pusiese en duda su propio poder y grandeza? A la vez molesto y seducido por el lujo de Vaux-le-Vicomte, el rey decidió crear un palacio digno de su honor aún más grandioso, para el que utilizaría los mismos arquitectos que el ministro así como el mismo mobiliario, confiscado el mismo día del arresto. Nacía entonces Versalles.

Como ya advertiría poco más tarde La Fontaine en una de sus fábulas, en la que recuerda el trágico destino de su mecenas Fouquet, de nada sirve bramar al cielo por la injusticia que cometiese un rey sol todopoderoso que podía hacer aquello que se le antojase, pero sí aprender cuáles son nuestras limitaciones en un mundo en el que no se puede jugar a ser rey delante de un dios.

“Una Rana vio a un Buey: su corpulencia
La causó complacencia.
La tal Rana, que no era como un huevo,
Envidiosa y absorta de mirarle,
Se imaginó igualarle:
Empezó á hincharse ¡caso raro y nuevo!
Con fuerza desmedida,
Diciendo:
Mírame bien,  hermana,
¿Me falta mucho? ¿Soy ya tan crecida?
Todavía no – ¿Qué tal? – Aun no le llegas:
Ahora juzgo que sí – Por más que bregas
Aun estás muy distante.
Ello es que el orgulloso animalejo,
Siguiendo la manía, tan tirante
Llegó a poner su mísero pellejo,
Que por fin reventó de allí a un instante.
Hay en el mundo plaga
De gentes, que, desnudas de prudencia,

Remedan semejante competencia.”

(La rana que quería hincharse como un buey, LaFontaine)

Diecinueve fueron los años que Nicolás Fouquet estuvo prisionero antes de morir. Y es gracias a su imprudencia que podemos disfrutar hoy en día no sólo del increíble castillo que le costó la vida, sino también de un Versailles que, sin su osadía y su arrogancia, jamás habría visto la luz del sol.

Estefanía Asensio

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