Victor Hugo en Guernesey, horizontes de espera y de esperanza

En ocasiones un viaje puede ser una elección dolorosa. Estar exiliado, desplazado, viviendo entre dos mundos; arrancado de la patria y condenado a la soledad de un lugar que no hemos buscado. Eso debió sentir Victor Hugo durante los casi 20 años que permaneció fuera de Francia por motivos políticos-y morales- en una isla del canal de la mancha: la isla de Guernesey. Es el resultado de unas convicciones y unos principios llevados hasta sus últimas consecuencias.

A raíz del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 por Napoleón III, Victor Hugo se exilia voluntariamente en Bruselas, y más tarde en Jersey, de donde es expulsado por criticar duramente a la reina Victoria. Condenado por Francia tras la publicación del panfleto “Napoleón el pequeño”, es entonces cuando el escritor se instala en la que va a ser su casa durante casi dos décadas: una isla prácticamente virgen que, sin embargo, acabará impregnada de su lucha y sus ideales.

Rechaza categóricamente la amnistía general para exiliados políticos ofrecida por el Emperador en el año 1859, así como la de 1869, bramando en su poema Ultima verba las siguientes palabras: “Si no quedan más que diez/¡Pues el décimo soy yo! Si no queda más que uno/ ¡Ese uno seré yo!”. ¿Acaso aceptar no sería renunciar a uno mismo, abandonar todo en lo que uno cree? Hugo juzgaba el régimen demasiado corrupto y sólo aceptaba volver a París con la República.

Su vida en Guernesey era sin embargo cada vez más pesarosa. Victor Hugo, que se ha cortado el pelo y se ha dejado crecer la barba en un cambio físico que nos recuerda al infortunado Jean Valjean, se encuentra cada vez más y más solo: su familia abandona la isla al no soportar una vida tan aislada, las comunicaciones son precarias y la prensa y el correo están controlados por la policía imperial. Sus fotos de la época, del proscrito solo en las rocas, nos recuerdan lo aislado que estaba en el mundo, con el mar y su pluma como única compañía.

El exilio es desarraigo, desposesión; un estado que no parece participar en el presente, si no encontrarse al margen, en la periferia de un país y un pueblo que ha debido abandonarse; es una doble ausencia, la del presente y la de la tierra natal; no es ningún lugar y no tiene lugar. Pero esta ausencia de presente también es voluntaria: para ser soportable, la situación del desterrado debe ser vivida como provisional, como una especie de espera que un día llegará a su fin. Y, ¿Qué es el tiempo de exilio sino el de su escritura?

A pesar de vivir en un presente vacío, Victor Hugo sabe bien que este gran paréntesis le permite librarse por completo a sus obras, en esa habitación de Hauteville House en la que escribía frente al océano, siempre fiel a los combates de su espíritu pese a la soledad a la que se vio abocado. Aunque se le intentó silenciar por ser la palabra del exterior, Victor Hugo fue la voz de un siglo marcado por la tiranía de un emperador; una voz que no dejó de crecer hasta alcanzar una audiencia insospechada y un inmenso apoyo colectivo que le dio el último adiós en su patria, París, unos años después de haber vuelto a entrar triunfalmente en la capital; el adiós al profeta de toda una época que dejó un claro mensaje: el de la Libertad.

Estefanía Asensio

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