Ciudad laberinto: callejeando por la misteriosa Fez

Fotos: Estefanía Asensio

Debió ser mi cara de inquietud e incertidumbre la que hizo que Hicham se acercase a mí en pleno centro de la medina de Fez. Mis peleas con un incomprensible mapa de callejuelas, mis batallas con el nombre árabe de las calles y mi aspecto acomodado europeo debieron hacer el resto. “Sí, la mezquita está por aquí” me increpó una vocecilla infantil que en un primer momento no logré localizar. Miré a mi alrededor durante unos segundos, y me topé con un niño de no más de siete u ocho años que me hablaba desde sus pequeñas zapatillitas gastadas. Cuando quise darme cuenta, Hicham ya estaba acompañándome en mi periplo por el laberíntico Fez, pequeño saltarín entrenado para engatusar dócilmente a los extranjeros.

No era la primera vez que un improvisado guía me ofrecía más que calurosamente sus servicios desde que había aterrizado en la ciudad, pero el carácter de este niño era diferente a todo lo que había visto hasta entonces en un país entrenado para confundir al turista. Descarado e ingenioso, sus aún inocentes ojos de chiquillo se tornaban en ocasiones astutos y estudiados; su pureza se entremezclaba por momentos con el claro objetivo de aquellos que siempre han tenido poco y ven delante de ellos la fácil oportunidad de conseguir lo que les hace falta. Y, sin que pueda decir nada, aunque tampoco me apetezca, empiezo a visitar las entrañas de la ciudad con una compañía que no esperaba.

Recorro durante horas las callejuelas de la medina, embriagándome del fuerte olor a especias y esquivando con torpeza las motos y los burros que campan a sus anchas a lo largo de sus estrechas y angostas calles. Hicham, cerca de mí, se aleja por momentos para esquivar a una policía siempre en busca de guías clandestinos que azuzan a los visitantes. Pase por donde pase, me encuentro en medio de una actividad bulliciosa y variopinta que parece no tener fin. Los incontables artesanos de la ciudad, repartidos en gremios, se entregan incansablemente a sus labores hasta el final del día: carpinteros, herreros, tintoreros, todo aquí gira sin pausa. Y entonces, como no podía ser de otra forma, Hicham me lleva hasta el negocio familiar, una casa de tradición tejedora donde su propio tío, estudiadamente amable y servicial, me explica mientras elabora una tela que ya son doce las generaciones de su familia que se abandonan a esa actividad milenaria. Un fascinante telar de madera utilizado por más de doce descendientes de una tradición arraigada en lo más profundo de la vida de Fez. Pero no ha habido suerte, no voy a comprar nada.

Mi pequeño guía al fin me lleva a la que es sin duda la parte de la ciudad más impactante de Fez: las impresionantes curtidurías chouwara. Los infatigables –y valientes- trabajadores que llevan a cabo esta tradición aún a riesgo de dejar en ello su salud, parecen salidos de otra época. El fuerte hedor de este lugar pronto se queda en un segundo plano frente al hipnotizante espectáculo de fosas rebosantes de tintes naturales. Observo la dureza de este trabajo, reservado únicamente para los hombres, y no puedo evitar fotografiar algunos resquicios de tiempo, duras grietas de una supervivencia llevada al extremo que se refleja en sus rostros.

Después de despedirme de Hicham, tras lograr acordar un precio a sus servicios que acaba triplicando lo que había pensado pagarle, me río al volver a ver el sistema de carteles rojos, azules y marrones que permiten a los más despistados como yo recorrer por si solos les ejes principales de la ciudad sin –demasiado- riesgo a perderse. Pero ese es justamente el encanto de este lugar, adentrarse sin rumbo en los recovecos más transitados y pintorescos de esta vieja urbe, pues Fez no es una ciudad que se deje descubrir fácilmente. Y es que hace falta tiempo para disfrutar plenamente de toda su recóndita riqueza, y para ello no hay nada mejor que dejarse engullir por su medina, la más grande del mundo, sin más cometido que el de vagar por sus calles. Y no hay de qué preocuparse: cualquier buen samaritano fasí está dispuesto a ayudarnos a encontrar el camino de vuelta… con unos cuantos dírhams por medio, claro.

 Estefanía Asensio

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