De la libertad y otros lugares

Fuente: Estefanía Asensio

Aterrizo un 1 de junio en el aeropuerto sin más compañía que mi pequeña maleta. Ante mí, Italia, diez días para saborear y tres ciudades por recorrer. Es la primera vez que viajo sola y, cuando quiero darme cuenta, estoy frente a la torre inclinada de Pisa, pensando en que apenas unas horas antes estaba tranquilamente en casa sin llegar a imaginar todo lo que iba a ver los próximos días en este maravilloso país, al impregnarme de él, al mezclarme en él, sin más ojos que los míos.

Al perderme por sus calles no tardé mucho en darme cuenta. Jamás vi en el mundo un lugar donde se concentrasen tantas obras de arte juntas. Mitad ciudad, mitad museo, el arte que encierra Florencia me empapó desde el principio, como la tormenta del primer día que me sorprendió en pleno Mirador de Piazza de Michelangelo mientras contemplaba la ciudad a mis pies. Fui descubriendo la ciudad andando, serpenteando con curiosidad sus callejuelas mientras el sol calentaba las bellas fachadas florentinas. Ciudad de fuentes y ruinas, paseé por las calles de Roma marchando sobre los pasos de aquellos que un día gobernaron el mediterráneo y cambiaron por siempre el rumbo del mundo. Y es que Roma es, ante todo, una ciudad colosal hecha para ser Eterna, como la inenarrable belleza de los muros de la Capilla Sixtina que deja sin voz.

Eso es lo que fui a buscar: el silencio de quien contempla.

Si quieres viajar hacia las estrellas, no busques compañía”, dijo en alguna ocasión el poeta Heinrich Heine. Viajar con la única compañía de uno mismo es una forma extraordinaria de absorber el nuevo mundo que se presenta ante nuestros ojos. Si viajar acompañado es una sorpresa constante de nuevos lugares, viajar solo es, además, el asombro de descubrirse a uno mismo en ellos, partiendo hacia lo desconocido para así conocerse mejor. Tras haber logrado juntar el valor necesario para embarcarme en mi primer viaje en solitario, descubrí porqué no iba a dejar de hacerlo desde entonces: fue cuando la palabra “soledad” adquirió nuevos tintes; fue vivir la increíble sensación de quien se siente completamente libre; como aquel que conduce solo vagando por los caminos, como la fría y suave agua que fluye río abajo, como la cometa mecida salvaje por el viento.

 Estefanía Asensio

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Fotos: Estefanía Asensio

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