Soy el mismo en todo lado

Les comparto mi primer cuento de viajes que realicé en la clase de escritura literaria que impartió el profesor Fernando Clemot…

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Burro en la Ruta de los Volcanes, cerca del páramo del Cotopaxi

   Yo soy Burro. No sé quiénes son mis padres. Todos los que viven por aquí parecen, por apariencia, ser mis hermanos y gemelos, además. Todos somos bajitos, de pelo corto, duro y recto, ojos semiabiertos y carácter lento. Parece que el trabajo también viene pegado a nuestros genes. Somos todos burros de carga, somos todos iguales.

   Nunca me han dicho, pero siento que vivo en Cotopaxi. Exactamente no sé dónde. Me llevan de un lugar a otro y me dejan siempre amarrado a una estaca cerca de un camino que tenga algo de pasto que comer. Es páramo, seguro. Mis orejas lo sienten cada noche cuando ese viento helado las mueve de un lado para el otro.

   No soy una mascota. Nunca me ponen gorro de lana, ni me tienden una alfombra para dormir sobre ella y ni pensar que me compren comida especial. Capaz saben que fui hecho para vivir fuera, dormir parado y comer solo pasto. Ya estoy acostumbrado a esta vida y hasta me gusta.

   Todo lo que gira en torno a mí es verde. Paso comiendo pasto, atado a una estaca enterrada. El pasto y yo hemos llegado a ser tan buenos amigos y compinches que nos contamos todo. En mis años como Burro he aprendido a distinguir entre pastos buenos y malos, y ya sé a cuáles comerlos y a cuáles no. A mis amigos Céspedes, como así los llamo, los dejo a un lado y los defiendo de cualquier humano que quiera cortarlos. Ser Céspedes tiene sus ventajas. La principal es que puedes volar y llegar bien lejos. Todos mis amigos verdes tienes sus raíces bien sembradas, pero de vez en cuando se desprenden por un momento de ellas para darse un paseo por diferentes rincones del mundo. Es aquí cuando yo, a más de envidiarles, les hago un encargo. Fijarse si hay más burros en cada lugar que visiten y que vean cómo son.

   Este mismo viento que me congela las orejas todas las noches fue el que decidió el primer destino de los Céspedes. Les envió al sur. Bien abajo. Específicamente a Bariloche. Según lo que me contaron a su regreso, es un pueblo pequeño cercado entre lagos y altos montes; que por ser invierno, todos estaban cubiertos de blanco. De pies a cabeza. Me contaron que parecía haber muchas vacas cerca, al menos servidas en platos, porque lo único que ofrecían en restaurantes y supermercados era carne o lomo. Si esto era verdad, tenía que haber Céspedes argentinos también. Las vacas también comen pasto.

   – En efecto, volando entre las irregulares faldas de los montes me encontré con algunos pastos verdes, pero hablaban diferente. Cantaban, pero les entendía. Era castellano. Gracias a ellos cumplí tu pedido. Si había burros en Argentina. Nos llevaron a verlos. Y eran bajitos, de pelo corto y recto, ojos semiabiertos y carácter lento. Pregunté por su profesión y eran burros de carga. Pensé que estos burros cantaban también, pero no, rebuznaban igual que tú.

 ̶- ¿Qué raro, por qué siendo gemelos, quizá hermanos, estaremos dispersos por el mundo?  -pregunté sin tener contestación de nadie.

   Tenía que seguir confiando y aprovechándome de mis amigos Céspedes para saber dónde más hay burros y si son iguales a mí. Rogaba que ahora el viento soplara dirección norte. Teníamos que esperar que pase el invierno. De otra forma y para hacer tiempo, llevo leña unas cuantas veces, ida y vuelta, del bosque aquel que me conozco tan bien, hasta el hotel de aquí al lado.

   Los Céspedes bailaban a otro ritmo ahora. Sin decirles nada, justo cuando me estaban retirando la última leña de mi lomo, vi que volaron rumbo al norte. Solo alcancé a rebuznar y sé que me entendieron porque el Césped más verde me regresó a ver. Esta vez se demoraron más en regresar. En un principio pensé que les habían cortado o comido. Si tuve miedo. Pasó mucho tiempo, pero al fin volvieron. Si me traían noticias. Lo miraba en su cara.

   – Nos agarró un viento huracanado y volamos tan arriba que cruzamos el Mediterráneo y llegamos a las costas del norte de España. El clima era placentero, pero no permitían que unos Céspedes se posaran en la arena.

A lo lejos, en los montes, veíamos verdes color Céspedes. El viento de costa nos permitió llegar a éstos y comprobar una vez más que los burros son bajitos, de pelo corto, duro y recto, ojos semiabiertos y carácter lento. El burro que vimos cargaba algo. Estaba en costales, no vimos que había dentro.

 ̶  – ¡Te recordamos en todo lado Burro! – dijo el Céspedes más pequeño.

      Aquí, además, eres famoso. Como son más avanzados, tienen stickers con tu foto en los kioscos de turistas y te llaman algo así como ruc català. No entendí muy bien. Aprovechando que ya pasamos toda esa franja de mar, cogimos el primer viento y fuimos hacia nuestra derecha. Esta vez volamos ya sin un encargo a cuestas, ya fue comprobado.

Cecilia Holguín

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