La vida de una lavadora

Aquí les traigo el cuento que escribí para las clases de escritura literaria de Fernando Clemot:

Una de las preciosas vistas de las montañas rocosas. Fuente: agrega.educacion.es

Una de las preciosas vistas de las montañas rocosas. Fuente: agrega.educacion.es

   El día que murió mi hermano se rompió la lavadora. Ese viejo trasto llevaba años dando problemas, no centrifugaba bien y la ropa salía empapada en cada lavado.    Recuerdo el día que la compramos, hace once años, fue un gran evento familiar, llevábamos meses ahorrando para hacernos con una. Mi hermano y yo acompañamos a nuestros padres a comprarla. Yo aún era muy pequeña, pero podía percibir una alegría especial en el ambiente. Ese tipo de júbilo que solo se siente en los grandes momentos y que quedan grabados en la memoria familiar.

   Pocos días después mi hermano anunció que se marchaba. Nadie se lo esperaba. La noche antes de marcharse fui a su habitación para ver qué hacía. Se podía pasar horas en su habitación tumbado en la cama leyendo o escuchando música. Normalmente, cuando me veía, dejaba lo que estaba haciendo y se ponía a jugar conmigo. Aquel día no fue así. Estaba más pensativo de lo habitual. Me senté a su lado esperando que me hiciese caso, pero él seguía sin mirarme. Cansada de esperar mi dosis de protagonismo, me levanté para marcharme de allí. Entonces fue cuando me llamo por mi nombre, me volví a sentar a su lado y me dijo unas palabras que aún no he podido olvidar.

—Lucha por lo que desees, Lucía.

Yo era muy pequeña para entender sus palabras. No supe que decirle, así que sólo le sonreí, le dije que la cena estaba casi lista y me marché.

     A la mañana siguiente, se fue. Mi padre le acusó de cobarde, de querer huir de los problemas. Mi madre solo lloraba y le preguntaba a dónde iba a ir, que no tenía dinero. Él no hizo caso y se fue. Durante varias semanas, no supimos nada de mi hermano. Mis padres estaban destrozados, preguntando a todos sus amigos si sabían su paradero, lo más inquietante fue que ninguno sabía que se había marchado. Finalmente, una tarde mi padre llegó a casa de trabajar y nos llamó a mi madre y a mí, no paraba de repetir que era él. Marcos por fin escribía. Lo primero que decía es que se encontraba bien, que no nos preocupáramos por él. Se encontraba en Finlandia, llevaba varios días conviviendo con los Sami, un pueblo indígena finlandés que se dedicaba a la cría del reno. Él les ayudaba con los rebaños, a cambio de comida y un lecho para dormir. Nos envió una foto donde se le veía a él, sentado en un tronco, a su lado se encontraban varios samis. Se le veía sonriente, feliz. Creo recordar que era la primera vez que veía así a mi hermano.

    Con el paso de los meses nos acostumbramos a su ausencia y a sus cartas. Nos solía llegar una cada mes. Estuvo viviendo un año en un rancho de Canadá, cerca de las Montañas Rocosas. Trabajaba duro por un plato de comida, pero en cada foto que nos enviaba se le veía radiante. Después atravesó los Estados Unidos y llegó a México. Allí pasó cinco años trabajando en un chiringuito en la ciudad costera de Mazatlán. Fue en el lugar donde más tiempo permaneció y la razón fue una chica. Allí conoció a Violeta y mantuvo una relación con ella durante los cinco años que estuvo en Mazatlán. Cuando todo acabó, decidió marcharse. Había pasado lo mismo que años atrás, cuando se fue de casa. Para aquel entonces, yo aún era muy pequeña y no supe muy bien que pasó, pero mi padre siempre culpaba a mi hermano de no ser capaz de superar lo de Marta y de haberse marchado por ello. Con el tiempo supe que Marta había sido alguien muy especial para mi hermano, que murió de una terrible enfermedad, leucemia. A partir de aquel momento, mi hermano no volvió a ser el mismo. Nunca conocí a mi hermano feliz. Siempre llevaba esa máscara tras la cual escondía una inmensa tristeza, trataba de mostrar alegría por los demás, por mis padres y por mí, pero no era feliz.

    En la última carta que recibimos de él se encontraba en Mendoza, una ciudad argentina, cercana a la cordillera de los Andes. Tenía intención de cruzar los Andes para llegar a Chile. Llevábamos tres meses sin saber nada de él hasta que, el día que se rompió la lavadora, nos llamaron a casa. Mi hermano había tenido un accidente escalando el Cochambó, un desfiladero en la provincia chilena de Llanquhue. Estaba en lo alto del desfiladero, tratando de escapar, de buscar una salida a su tristeza. Mi padre decía que era un cobarde, pero no es verdad. Mi hermano fue un valiente. Quiso ir en busca de la felicidad y la encontró, en cada paisaje que vio, en cada experiencia que vivió y en cada persona que conoció. Marcos vivió todas las vidas que pudo por la vida que no había podido vivir Marta.

Rosa Maria Lachica

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