UN CAMINO FRUSTRADO

Atrae miles de personas de todos los rincones del mundo año tras año. Todas y cada una de ellas están impulsadas por motivos variopintos que lo llevan a él. Qué es eso tan especial del que todo el mundo habla? ¿Porqué siempre lo pintan como una experiencia única? Habrá que probarlo…

Con sólo una semana de disponibilidad, dos de mis amigas y yo decidimos armarnos de valor e ir a hacer el Camino de Santiago. Nuestra primera y última intención era pasarlo en grande, que las únicas agujetas que tuviéramos fueran de reír y por supuesto, conocer a tres hombretones bien plantados que afrutaran nuestra aventurilla de la última semana de Agosto. Nada preparadas para ello, cogimos el avión y nos plantamos, ilusamente sonrientes a Sarria, a 112 kilómetros de nuestro destino: Santiago de Compostela. Empezamos a andar, haciéndonos fotos sin parar y posando en todas las conchas y flechas amarillas que encontrábamos por el camino. Nos paramos a observar las curiosas mariposillas que volaban y nos detuvimos a descansar a todo bar que se interponía en nuestro camino. Había muchos peregrinos pisándonos los pies en todo momento. Nos adelantaban como si tuvieran prisa, como si de una competición se tratara. ¾¿Qué pasa que sólo te dan el credencial si te encuentras en la pole position? ¾ Decía mi amiga. Sin quererlo ni beberlo, de golpe, nos encontramos solas. Si no fuera por el tímido canto de  pájaros diminutos, hubiéramos pensado que el fin del mundo Maya se había adelantado unos meses. Estábamos completamente perdidas. Andamos en silencio absoluto y sin rumbo durante aproximadamente tres horas. La puesta de sol fue el momento clave para dar pie a la desesperación. Carlota lloraba y maldecía nuestro comportamiento despreocupado y las repetidas mofas de todo lo que se había cruzado en nuestro paso. No teníamos batería en los moviles a causa de la cantidad de fotos que habíamos enviado a nuestra familia e amigos, pero debían ser las diez de la noche. Los ladridos de un perro rabioso nos hicieron entrar un pánico terrible. Estaba cada vez más cerca y de hecho, un destello de luz nos hizo pensar que eso podía ser nuestra salvación. El perro iba acompañado de un campesino con linterna. José, de unos sesenta y largos años, después de echarnos bronca por despistadas al más puro estilo gallego, nos acogió en su casa y allí pasamos la noche. Bien temprano por la mañana, nos invitó a reprender nuestro camino, así que, con la barriga completamente vacía y siguiendo sus instrucciones, llegamos a Portomarín, el pueblo en el que teníamos que haber pasado plácidamente nuestra primera noche.

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El segundo día no nos adelantó nadie. Si habláramos en la jerga de los músicos, nuestros pasos cambiaron de piano a allegro y sólo paramos una vez, para almorzar. Escogimos un sitio tranquilo, puesto que el cansancio nos hacia reacias a cualquier conversación ajena a la nuestra. Atún con pan seco era el apetitoso menú. Todo parecía por fin, ir viento en popa cuando detectamos una nube de abejas concentrada en mi Aquarius. Aunque todo el mundo sabe que si no las molestas no te pican, Laia quiso ser la heroína del momento y de un puñetazo tiró la lata al suelo molestando, por supuesto, a las abejas. Una salió disparada hasta su cuello y la picó sin piedad. Entre llantos de dolor, la acompañamos al interior del bar a que le pusieran algún potingue y reprendimos la marcha. Cómo el calzado no era para nada adecuado, nos empezaron a salir heridas y nuestra cojera era visible a ojos de cualquiera. Ante las preguntas de los peregrinos sobre nuestro estado, nosotras respondíamos que veníamos de muy lejos, más concretamente des de Roncesvalles, dónde empieza oficialmente el Camino de Santiago. Esta vez sí, llegamos a Arzúa. Después de la deseada cerveza, nos pusimos a cenar y justo después a dormir.  – Toc, Toc, Toc, servicio de habitaciones, tienen que dejar ya el hostal! – nos dijo de mala gana la señora de la limpieza. Eran las doce del mediodía y aún estábamos allí, fusionadas con las sábanas amarillentas de la habitación. Salimos escopeteadas. Otra vez el tiempo nos iba a jugar una mala pasada y la preocupación por no llegar volvía a nuestros pensamientos.

Lo que no sabíamos es que no sólo llegaríamos a Palas de Rei, sino que en poco más de dos horas, una ambulancia nos llevaría directamente a Santiago de Compostela. Nada grave, un esguince de tercer grado en mi pie izquierdo decidió poner fin a nuestra mala racha y terminar definitivamente con nuestras vacaciones.

 

Relato para la clase de Fernando Clemot

Clàudia Pardo      

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