Érase una vez… en Rothenburg

El verano pasado tuve la suerte de realizar mi primer viaje en interrail y el destino elegido fue Alemania. Deseaba conocer el Berlín de la guerra fría, el Núremberg de los juicos y, como no podía ser de otra manera, los campos de concentración. Lo oscuro y lo macabro eran las principales atracciones en mi ruta turística. Sin embargo, tuve la suerte de tropezarme con la ruta romántica (Romantische Straβe) y conocer Rothenburg ob der Tauber, un pequeño pueblo alejado de las grandes urbes alemanas y en plena Selva Negra.

Es fácil dejarse envolver por el ambiente de Rothenburg, todo te empuja a ello. Desde las uniformes pero coloridas casas, con tejado de madera, hasta sus grandes plazas con el ayuntamiento (1250)  y la torre del reloj. Pasear por sus calles te permite realizar un viaje en el tiempo a la época medieval, con sus caballeros, sus damas ¿y por qué no? Sus magos y hadas. La magia te cautiva y todo lo que ves parece sacado de un cuento.

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La ciudad parece sacada de un cuento. Fuente: Rosa María Lachica

Esta magia también está presente en las tiendas. Los grandes relojes de cuco hechos a mano son verdaderas obras de arte. También los cascanueces que me recordaban a mi infancia y a las veces que vi la película de dibujos basada en la obra de Hoffmann y en la que el gran compositor ruso Tchaikovski puso la música. No obstante, el comercio por excelencia es la Tienda de la Navidad, donde los adornos navideños y la reconstrucción de un pueblo alemán nevado, te llevan a la época navideña en pleno mes de agosto.

Fuera de las tiendas, merece la pena subir a lo alto del ayuntamiento para contemplar una vista panorámica de toda la ciudad. Otra posibilidad es cruzar las murallas y tomar distancias, ya que la vista de las murallas, sobrepasadas por las torres de los prominentes edificios del interior es espectacular. Hablando de las murallas, es imprescindible adentrarse en ellas y recorrer los pasadizos que se ocultan dentro.

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La vista desde las afueras de la ciudad es excepcional. Fuente: Rosa María Lachica

Y finalmente encontramos la comida. Como ciudad de cuentos de hadas no podían faltar los dulces, que hacen las delicias de los niños… y no tan niños. Escaparates llenos de unas bolas redondas cubiertas de azúcar, chocolate blanco, chocolate con almendras,… Hacía que me pegara al escaparate y se me abriera el apetito. Aunque no todo eran dulces. También los restaurantes ofrecían una variada oferta de comida tradicional alemana, con la ensalada de patatas como el plato estrella. Un plato que merece la pena probar.

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Los dulces son deliciosos. Fuente: Rosa María Lachica

Así pues, toda la ciudad es una obra de arte cuidada al milímetro. El filósofo alemán Schopenhauer decía que La arquitectura es una música congelada. Rothenburg es una oda al pasado mágico, un viaje a los cuentos, a un tiempo donde nada era seguro y todo posible.

Rosa Maria Lachica

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Una respuesta a “Érase una vez… en Rothenburg

  1. La verdad que es un lugar precioso que recomendaria que se visitara. Lleno de curiosidades y sobretodo unos deliciosos dulces!

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